En la gran mayoría de las ocasiones querer a alguien duele. Hace que sientas ese frío interior cuando a quien amas está lejos, cuando no puedes tocarle cada día, cuando hay cientos de kilómetros entre vosotros. Duele esperar una llamada que no llega. Duele tener que retener, día tras día, ese deseo que brota, y que no consigues frenar. Duele el tornado de sentimientos inexpresables que explota en nuestro interior. Las lágrimas cada vez cuesta más retenerlas cuando vas a perder los nervios. Si, la sensación es embriagadora, sueñas con él, creáis vuestro cuento de hadas, vuestra fantasía, juntos: el pronombre suena mejor que un tu o un yo. Esa emoción, el nudo en el estómago, las sonrisas, las caricias, parecen perfectas. Pero llega un momento en el que si te arriesgas y lo pierdes, no te queda nada. En realidad, es muy simple. Enamorarse duele.

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